La vida de Feliza Bursztyn, escultora colombiana nacida en 1933 y fallecida en 1982, estuvo marcada por una lucha constante contra las limitaciones impuestas por su entorno. Su carácter, definido como “libertario e insolente”, revelaba la rebeldía de una mujer que desafió las reglas de una sociedad conservadora, machista y hostil hacia el pensamiento de izquierda. Esa compleja combinación de identidad, arte y resistencia ha fascinado al escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, quien la convierte en el eje de su novela más reciente.
En una entrevista, Vásquez profundiza en la figura de Bursztyn y en el aislamiento que enfrentó a lo largo de su carrera, provocado no solo por la transgresión de su obra, sino por su condición de mujer en un mundo que la miraba con desconfianza. El autor explora cómo ese rechazo social marcó su vida, atravesada por tensiones familiares, presiones políticas y la persecución de un gobierno que la consideraba una amenaza.
Vásquez expresa satisfacción por retratar un periodo de efervescencia creativa en Colombia, cuando surgieron figuras como Gabriel García Márquez y Fernando Botero. En su novela destaca cómo, en medio de la violencia y la crisis social, el arte se transformó en un refugio y una herramienta para enfrentar un país fracturado.
Uno de los elementos más significativos del proceso de escritura fue la colaboración con Pablo Leyva, última pareja de Bursztyn. Tras vivencias turbulentas, Leyva se convirtió en una pieza clave para reconstruir la historia desde una mirada íntima. Su testimonio añade profundidad emocional a la novela y permite entender las luces y sombras de la escultora desde el amor, la complicidad y la incomprensión.
El título de la novela, tomado de un verso de Jorge Gaitán Durán, resume la esencia de la artista: una mujer cuya identidad fue constantemente cuestionada. A lo largo de su vida, incluso su nombre sufrió transformaciones, símbolo de la inestabilidad que la acompañó. Esa metáfora se convierte en el hilo conductor de la narración, donde la búsqueda de un lugar seguro resulta tan esquiva como su propio nombre.
Vásquez señala que la chispa de esta historia nació en su juventud, cuando siendo estudiante en París leyó sobre la muerte de Bursztyn, una exiliada que —según se decía— “se murió de tristeza”. Décadas después, regresar a esa misma ciudad le permitió cerrar un ciclo personal y literario, y explorar el trasfondo del exilio que marcó los últimos años de la artista.
La novela presenta un reto estructural interesante: inicia revelando el final de la historia. A partir de allí, Vásquez invita al lector a reconstruir los secretos de la escultora en un relato que combina investigación, misterio y resonancias con las tradiciones literarias colombianas, incluida la voz de García Márquez.
Por primera vez, el autor se enfrenta al desafío de escribir desde una mujer, un ejercicio que reconoce como una forma de romper límites y ampliar perspectivas. Para Vásquez, la ficción es el espacio ideal para explorar identidades ajenas y comprender cómo se entrecruzan la vida personal, la política y la historia.
Al mirar su obra en conjunto, el escritor reflexiona que sus novelas revelan —de manera casi involuntaria— sus obsesiones y las tensiones entre lo público y lo privado. En el caso de Feliza Bursztyn, su vida se erige como un espejo de los conflictos de su época, convirtiéndola no solo en una figura clave del arte colombiano, sino también en un símbolo duradero de resistencia, fuerza creativa y desafío ante la adversidad.