Y donde está Rodolfo Morales?


A cien años de su natalicio

Está en su pueblo Ocotlán? Está en los museos de Oaxaca? Está en los programas gubernamentales? En la memoria de los oaxaqueños?

Por Dra. Patricia Ramírez / Omar Maya Calvo

No, no lo encontramos en esos lugares, ni en las calles, ni en los templos que hace tiempo restauró. Tampoco en el ex convento que rescató, ni en los estudios donde trabajó. ¿Entonces, dónde quedó uno de los más grandes artistas que ha procreado esta tierra?

Dicen que su nombre lo escucharon al nombrar un festival citadino, a donde vinieron unos ángeles color celeste y un grupo de rock, para que los jóvenes tuvieran un rato de esparcimiento con altos decibeles. ¿Ahí estaría Morales? Es de dudarse. Por ello, nos acercamos a Adán Alberto Esperanza Arellanes, una de las personas más cercanas al Maestro Rodolfo Morales, que durante muchos años acompañó su trayectoria artística y su vida personal. En una amena charla, nos comparte algunas vivencias y recuerdos significativos del pintor y su lado humano, y así descubrir dónde quedó Morales.

De una joven edad, Adán empezó a saber del artista por lo que le platicaban sus padres de la casa donde, de manera novedosa en el pueblo, habían instalado varias computadoras y una biblioteca para los niños y jóvenes de Ocotlán. Otra de las curiosidades de la famosa casa era ver a un par de canes de gran tamaño, mascotas del Maestro Morales, paseando por todo el patio y las habitaciones. En esos mismos espacios, donde cotidianamente se daban cita los amigos entrañables del Maestro, así como personalidades que llegaban a conocerlo, pero siempre envueltos en un ambiente cálido de hogar, como estaba acostumbrado Rodolfo por sus costumbres familiares y comunitarias.

Las anécdotas apenas son superadas por el cúmulo de pinturas y collages que el gran talento de Morales le permitió imprimir en lienzos y marcos de hojalata; no se quedaban atrás su amor y solidaridad con la mayor parte de las poblaciones aledañas a Ocotlán de Morelos, características sustanciales de un ser que dedicó su vida y sus obras al servicio y bienestar social, así como al rescate y preservación de templos, de los ecosistemas y de todos aquellos apoyos que diversas comunidades le solicitaban, dada la fama de su filantropía.

Ahí es donde podemos encontrar a Rodolfo Morales, nos apunta Adán: en la fachada de la iglesia de Santa Ana Zegache o del mismo Ocotlán, y de otra decena de templos restaurados; en los muros del ex convento de Santo Domingo de Guzmán; en sus jacarandas sembradas a lo largo de la carretera que va de Tilcajete a Ocotlán, y de ahí a Zegache; en los numerosos arbustos de copal con los que reforestó las tierras ocotecas; en las montañas que todo el tiempo estuvieron presentes en sus pinturas; y, seguramente, también en los corazones de todos aquellos que fueron tocados por la humildad y el aporte que dio a su pueblo y a sus semejantes. Ahí es donde está Rodolfo Morales.

El Maestro Morales irradiaba serenidad, como los abuelos cuando aconsejan, pero era también capaz de dejarla de lado cuando las injusticias lo ameritaban, siendo necesaria una llamada directa a un secretario de gobernación en el Palacio de Cobián para tranquilidad de las buenas causas, esas que Morales siempre cobijó y que, gracias a las ventas de sus obras, pudo financiar numerosos proyectos a través de su Fundación Cultural.

En 1948 inició sus estudios de arte en la Academia de San Carlos, en la ahora Ciudad de México. Tras 32 años de servicio como profesor en la Escuela Nacional Preparatoria Número 5, se jubila y regresa a su terruño a dedicarse de tiempo completo a la creación de su obra.

La perspectiva no era una herramienta para Morales; no la necesitaba. Más bien, la perspectiva se acomodaba a las necesidades creativas del artista, a sus mujeres voladoras, a sus flores multicolores, a su tren que lo llevaba por escenarios llenos de fiesta, a la plazuela y los valles de su Ocotlán querido.

Así lo describe Nancy Mayagoitia, amiga y representante del artista, en un fragmento de su texto “Rodolfo Morales, una década de aventuras”, escrito para su conferencia del aniversario luctuoso el 30 de enero de este año:

“…Uno de mis recuerdos favoritos fue verlo dibujar el mural derecho en el Hotel Royal Pedregal en la Ciudad de México, en 1994. Le bastó pasearse por el espacio unos cuantos minutos y, de pronto, como niño que acaba de pensar en una nueva travesura, dijo: «Lo tengo, acá voy a pintar a los que llegan con sus recuerdos y de este lado a los que se van con sus flores». La tela de ese costado medía diecisiete metros de largo y tres metros de altura, aproximados (en el mismo pasillo había al frente otro muro de dimensiones similares).

Llevó consigo todo el material necesario para semejante trabajo y se hospedó en el hotel durante el tiempo requerido para realizar los murales. La mañana de la primera pincelada asistimos unos cuantos, a testimoniar el momento histórico, solo para darme cuenta de lo mal preparados que estábamos: Rodolfo iba a trazar el dibujo directamente sobre el lino ya preparado, no llevaba bocetos, ni apuntes. Solo pidió que le consiguiéramos un recipiente con agua para agregar acrílico negro y poder empezar sus trazos. Le trajeron un florero, no era el recipiente ideal, pero para Rodolfo eso fue lo de menos; lo tomó y, sin decir nada, se separó del grupo y empezó por trazar una línea vertical tan derecha que parecía que hubiese usado una regla. De allí trazó una columna y una larga hilera de mujeres, casi de tamaño real, una tras otra, hasta darle forma a su composición mental. Salían figuras, líneas, trazos, y así fue avanzando sobre los diecisiete metros hasta el final de la tela. En más o menos cuarenta y cinco minutos ya estaba dibujado lo que sería su mural.

Lo confieso sin ambages: ni cuenta nos dimos. Todo sucedió tan rápido y jamás se nos ocurrió tener una cámara de video o algo parecido para haber captado ese momento magistral.”

Ahí podemos encontrar a Rodolfo Morales: en esas memorias, en la nostalgia que produce su ausencia, como lo expresa Adán Esperanza. Porque no solo figuró como un gran exponente de la plástica mexicana, también dejó huella en sus obras sociales, visualizadas con tal certeza que no dejaba duda de su labor en este mundo. Ellas continuarán siendo mudos espectadores de los exiguos homenajes.

A cien años de su natalicio, le quedamos debiendo. Su lugar en la historia lo sigue esperando. Porque no hay lugar grande para recordar a un ser enorme.

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