A lo largo de la historia del arte occidental, las flores han ocupado un lugar constante, aunque subordinado. Su representación —frecuente en naturalezas muertas y escenas domésticas— fue durante siglos considerada parte de un género menor, asociado al ámbito femenino y a la idea de lo decorativo. En paralelo, la figura de la Virgen, siempre rodeada de símbolos florales, reforzó el vínculo entre mujer y maternidad: un imaginario visual destinado a perpetuar el binomio mujer-madre a través de imágenes dulces, puras y floridas.
En la obra de Judith Romero, las flores también son protagonistas, pero su presencia tiene otra intención. En lugar de las composiciones armónicas y controladas de la pintura tradicional, la artista captura una planta silvestre de flores pequeñas, amarillas, vivas. No hay jarrones ni artificio; tampoco hay dramatismo lumínico ni aspiración ornamental. Las flores de Romero crecen libremente, incluso entre el concreto, afirmando que la naturaleza —como las mujeres que retrata— no está muerta ni domesticada.
Esta imagen forma parte de un proyecto fotográfico y documental en el que la artista ha trabajado durante más de una década. A través de la fotografía y el video, Romero dialoga con mujeres que han decidido no ser madres, explorando las implicaciones sociales, emocionales y políticas de esa elección. Cada retrato es una conversación sobre libertad, deseo y resistencia frente a los mandatos culturales que definen la feminidad desde la maternidad.
En ese contexto aparece Zoila, una médica cirujana y partera oaxaqueña que decidió no tener hijos, pero cuya vida profesional gira en torno a acompañar nacimientos y abortos. En una de las imágenes, Romero no retrata a Zoila, sino a la planta que ella utiliza en su práctica: la Santa María, una hierba de pequeñas flores amarillas con propiedades ginecológicas. Sus usos abarcan desde inducir el parto hasta acompañar interrupciones tempranas del embarazo. La planta, por tanto, simboliza el poder de decidir sobre el propio cuerpo —una decisión que puede implicar dar vida o impedirla, pero siempre desde la autonomía.
La Santa María, que comparte nombre con el ideal religioso de la madre pura, se convierte aquí en emblema de otra forma de maternidad: la que acompaña, cuida y sostiene sin necesidad de engendrar. Su imagen —una planta común, fuerte, luminosa, capaz de crecer en cualquier terreno— sintetiza la dimensión simbólica del proyecto de Romero: un trabajo artístico, político y profundamente feminista que reivindica la diversidad de experiencias femeninas y la legitimidad de la no maternidad.
El proyecto, originalmente titulado Otras mujeres, reúne una veintena de testimonios de mujeres de distintos orígenes, oficios y contextos —maestras, trabajadoras del hogar, artistas, médicas, antropólogas— residentes en América Latina y Europa. En sus historias aparecen temas compartidos: la infancia, la religión, la soledad, los mandatos familiares, la sexualidad, la violencia, el deseo de independencia. Pero también diferencias que subrayan la pluralidad de ser mujer.
A través de estas imágenes y relatos, Romero se inscribe en una genealogía del arte feminista que, desde los años sesenta, ha buscado contar las vidas de las mujeres en primera persona. Sin embargo, su mirada aporta algo más: una reflexión sobre la no maternidad, un tema aún poco visibilizado incluso dentro del pensamiento feminista.
En Biodesnudez, su serie más reciente, Romero no representa la vida ni la muerte, sino el espacio fértil entre ambas. Como la Santa María que crece entre el cemento, su obra florece en los intersticios: allí donde las mujeres eligen, cuidan, deciden y existen por sí mismas.