Enclavado en la tranquilidad de Etla, Oaxaca, así encontramos al maestro Manuel de Cisneros donde ha construido el refugio perfecto para dar vida a sus personajes, escenarios y silencios. Su taller es un espacio íntimo, ordenado y lleno de objetos que revelan tanto su pasión por la pintura como por la música, otra de sus facetas artísticas. Nos abrió las puertas con amabilidad y recibió al equipo de Ruptura en ese taller tan suyo, donde los vinilos, casetes, tocadiscos y consolas comparten espacio con sus pinceles y lienzos, algunas esculturas en proceso y un luchador de plástico por ahí que resalta.
El maestro Cisneros, pintor con más de tres décadas de trayectoria, ha hecho de la disciplina, la introspección y la soledad los pilares de su obra, el artista logra que sus piezas comuniquen lo que siente, emociones reales y esa parte melancólica del ser humano.
“Cada cuadro que hago es desbordar todo lo que traigo dentro. Mis personajes son mis demonios, mis miedos y mis silencios”, dice el artista.
No habla de inspiración repentina ni de musas; habla de trabajo constante, de jornadas que comienzan a media mañana y se prolongan hasta que la luz natural desaparece, de una rutina diaria en ese espacio tan suyo, donde nos sorprende el tiempo con el que puede producir una pieza, en un par de días.

Un artista contra los clichés
Formado en el Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, Cisneros tomó pronto una decisión que marcaría su camino: no seguir la ruta más común del pintor oaxaqueño, aquella cargada de colores vivos, fiestas patronales y símbolos reconocibles para el mercado. Su mirada se volcó en la figura humana, en personajes solitarios, en atmósferas cargadas de nostalgia y preguntas. Inspirado en grandes de la pintura como Leonardo y Miguel Ángel, la figura humana es el sentido de su obra en escenarios incomodos, pero reflexivos, en donde admite ser el personaje de sus piezas.
“Pinto para mí, no para nadie más. Lo que hago es como ir con el terapeuta: no hablo, lo saco en el lienzo”, explica. Esa postura le costó al inicio el rechazo de algunas galerías, pero también lo distinguió como una voz singular dentro del panorama artístico de Oaxaca.
Lejos de sentirse intimidado, el maestro de Cisneros siguió su propio camino. Nos cuenta como surge la serie de payasos, nacida en el contexto del Bicentenario de la Independencia. Comenzó como una crítica política —un retrato de gobernantes que se comportaban como bufones—, pero pronto derivó en un cuestionamiento más amplio sobre la condición humana. “Al final, todos somos payasos. Todos fingimos, todos usamos una máscara”, las piezas de dicha colección a gran formato y de tamaños casi tan reales que sientes saltarían del cuadro cobrando vida, son sorpresivamente un mensaje hacia la clase política.

La música
Nos cuenta como es que su hermano lo instruyo en otra de sus pasiones, la música. Antes de dedicarse de lleno a la pintura, de Cisneros fue DJ. Durante la entrevista teníamos de fondo música que el maestro había seleccionado, la música sigue presente en su proceso creativo, acompaña cada jornada de trabajo: a veces jazz, a veces blues, pero siempre con un regreso inevitable a la música disco de los setenta.
“No puedo traicionar mis principios. Mi raíz está en la música disco, aunque me gusta escuchar de todo. Esa energía, ese ritmo, me ayuda a pintar”, confiesa mientras muestra orgulloso su colección de vinilos. Para él, el acto de pintar es inseparable del acto de escuchar su música favorita, cada pincelada tiene un ritmo, cada trazo un tempo.

La intimidad de la soledad
Aunque muchos de sus cuadros transmiten melancolía, el maestro no se percibe como como un hombre triste, todo lo contrario, es simpático, de fácil acceso, una plática cómoda amena y que genera confianza, transmite y comunica templanza, una calma que nos dice que ha logrado conocer la soledad, sus demonios, los momentos de silencio, los vacíos y reconstruirlos en arte. Es alguien que valora la soledad como un refugio necesario. “No soy un ermitaño, pero necesito estar solo para crear. La soledad me ordena, me concentra”, dice.
Sin embargo, reconoce que su obra no siempre resulta cómoda para quienes la observan. “Más de una vez alguien me ha dicho: ‘Tu cuadro me gusta, pero no podría tenerlo en mi casa, ’no puedo tener un reflejo mío todos los días’”.
Durante la pandemia pintó una de sus obras más personales: Paseo de domingos. En ella retrata a su esposa, a su hija y a sí mismo caminando sobre un suelo oscuro, mientras un globo aerostático se eleva en un cielo luminoso. “Era el deseo de llevar a mi familia a un lugar seguro, lejos de la amenaza que sentíamos en ese momento”, recuerda y su mirada se torna en emoción de recordar lo que la pandemia nos hizo vivir y a quienes perdimos por esas épocas; pieza que presentara próximamente en Puebla.

La pintura es un reto continuo.
Manuel de Cisneros como un artista que ha llegado a un momento de madurez, nos platica que toma pausas para evitar agotamiento. Comenta lo duro que es lograr el reconocimiento y valor a tu trabajo, sobre todo cuando eres disruptivo, las veces en que su trabajo no era bien apreciado por algunas galerías y la forma en que la galería Quetzali le abrió las puertas. El pintor no debe perder la dignidad y no puede pintar por dinero; nos cuenta de lo toxico que es el oleo y que usa mascarilla por salud, cosas que no sabemos padecen los artistas del pincel.
Quien conversa con Cisneros descubre un hombre disciplinado y meticuloso, pero también con un humor que desarma. Recuerda con gracia aquella vez que, sin saberlo, tomó una clase con el maestro Toledo en el Tamayo. Una broma terminó con él en la Cruz Roja, pero la anécdota hoy es un recuerdo entrañable de juventud.
Ese carácter lo ha acompañado durante más de treinta y cinco años de carrera, en los que se ha mantenido fiel a sí mismo, sin caer en la repetición ni en la tentación de complacer al mercado. “No me gusta ser protagonista. Que hablen mis cuadros, no yo”, dice con una sonrisa tímida.

Su obra, nuestro reflejo
Hoy, la obra del maestro Manuel de Cisneros ha encontrado su lugar en colecciones privadas y exposiciones dentro y fuera de Oaxaca. Sus personajes, a menudo tristes o solitarios, se convierten en espejos que interpelan al espectador. Su pintura no busca decorar, sino provocar, llevarte a pensar y reflexionar de esos momentos tuyos, esas emociones que etiquetamos como negativas y que solo nos hacen recordar lo humanos que somos. Y quizá esa sea su mayor virtud: recordarnos que el arte no siempre está hecho para gustar, sino para confrontarnos con lo que somos. Como dice el propio Cisneros: “Pinto lo que necesito sacar. Si después alguien encuentra algo ahí, entonces la obra cumplió su camino”.
Instagram: @manueldecisneros
Próximamente entrevista completa en nuestro canal de YouTube.
