Cuando Imma Prieto abrió por primera vez los diarios, libretas y apuntes personales de Marta Palau, encontró algo más que documentos: descubrió un lenguaje íntimo donde la historia y la magia se entrelazaban con la naturalidad de un tejido ancestral. “Este proyecto nace de un binomio que nunca se había aplicado a su obra: historia y magia”, explicaba la directora del Museu Tàpies mientras recorría las salas de Mis caminos son terrestres, la primera gran exposición internacional dedicada a Palau desde su muerte en 2022.
A medida que se avanza por la muestra, el tiempo parece abandonar su forma lineal. En su lugar, surgen espirales, ciclos que avanzan, se quiebran y regresan, como si la memoria tuviera pulsaciones propias. “Para ella, las crisis purifican; pero también muestran cómo la humanidad repite sus abismos”, decía Prieto señalando un conjunto de dibujos que dialogan con instalaciones textiles. Esa lectura revela la manera en que Palau comprendía las tensiones entre vida y muerte, entre Eros y Tánatos, fuerzas que atraviesan cuerpos siempre anclados al territorio que pisan. Así, la historia se convierte en la dimensión sociopolítica de su obra y la magia, en la raíz espiritual que todo lo sostiene.
Pero en el universo de Palau, la magia no está en los cielos ni en un mundo sobrenatural. Es un “más aquí”, como insiste la curadora: un saber que brota de lo ancestral, del chamanismo, de la relación ritual con la naturaleza. Aunque la artista tardó en reconocer esa presencia en su propio trabajo, una vez consciente la abrazó por completo. Las Naualli, esas figuras femeninas que evocan poder, visión y protección, dan testimonio de ese cruce entre cuerpo, tierra y espiritualidad.
Marta Palau —nacida en Albesa, Lleida, en 1934 y fallecida en Ciudad de México en 2022— revolucionó el arte textil al llevarlo hacia la escultura y dotarlo de sentidos que en su época eran insólitos. Trabajó con materiales naturales que la conectaban con lo ancestral y lo ecológico, e incursionó también en la instalación, el dibujo, la pintura y la escritura. Su obra creció desde una doble conciencia: la del exilio y la del compromiso social. En 1941 huyó con su familia del franquismo y llegó a Tijuana, una frontera que marcaría su vida y su lenguaje artístico. De esa experiencia nacieron piezas como Nómadas II o Doble muro, donde los rastros corporales narran precariedades, desplazamientos y resistencias.
La exposición —coproducción entre el MUAC y el Museu Tàpies— viaja de Barcelona a México, donde permanecerá abierta hasta el 3 de mayo de 2026. En sus salas conviven las emblemáticas obras textiles con dibujos, pinturas e instalaciones dialogando con documentos inéditos del Fondo Marta Palau, resguardado en el Archivo Arkheia del MUAC. Muchos de ellos nunca habían visto la luz.
En este recorrido se percibe la influencia de Josep Grau-Garriga y el interés de Palau por materiales autóctonos, que la llevaron a expandir el tapiz hacia un territorio escultórico cargado de memoria. Piezas como Ilerda V o Cascada encarnan un lenguaje donde cada fibra es escritura, cada torsión es política, cada color es un eco de tradiciones indígenas y europeas entrelazadas sin jerarquías.
“Nadie trabajaba el textil como ella; estaba adelantada a su tiempo y profundamente situada”, comenta Prieto. Esta afirmación se vuelve palpable en la última sala, dedicada al autorretrato. Allí, rostros, manos y máscaras construyen un yo que no se encierra en sí mismo, sino que se diluye en lo colectivo. Un yo tejido con tierra, memoria y los gestos de quienes lo antecedieron.
Como cierre simbólico, la exposición conecta con la restauración de Quetzalcoatlus, la monumental pieza creada por Palau en 2003 para el Museo del Chopo y que vuelve a exhibirse dos décadas después. Hecha de ramas, hojas y corteza, la obra parece surgir directamente del mito, recordando el lugar donde la artista se movió siempre: ese punto donde historia, naturaleza y espiritualidad no se separan, sino que respiran juntas.