En Palestina, el entorno ha dejado de ser únicamente un escenario natural para convertirse en una herramienta que regula, condiciona y limita la vida cotidiana bajo la ocupación israelí. El paisaje, atravesado por infraestructura, fronteras y restricciones, refleja una forma de control que va más allá de lo militar y se inscribe directamente en la experiencia diaria de quienes lo habitan.
Esta realidad ha sido abordada desde el arte y la investigación a través del proyecto Horizonte: Una expedición desde Jenin hasta Négev, que combina reflexión visual, trabajo de campo y análisis territorial. La obra se materializó en un libro y una escultura que documentan cómo el espacio palestino está fragmentado por sistemas que determinan movilidad, acceso y permanencia según la identidad legal de las personas.
Uno de los elementos más visibles de este control es la existencia de infraestructuras paralelas. Mientras ciertos caminos permiten desplazamientos rápidos y directos, otros obligan a recorridos largos y sinuosos, interrumpidos por retenes, cierres temporales y zonas restringidas. Esta organización del territorio no solo define el tránsito, sino que incide en el tiempo, el trabajo y la vida social, configurando una geografía desigual.
El proyecto, desarrollado con el apoyo de una fundación palestina, fue creciendo hasta incluir encuentros con organizaciones de derechos humanos y colectivos dedicados a la preservación del patrimonio. Aunque originalmente estaba previsto como una exposición, el recrudecimiento del conflicto en Gaza desde 2023 impidió su realización, y el libro se convirtió en el principal medio para devolver la experiencia al territorio, con ediciones en árabe, español e inglés.
Un concepto clave que atraviesa la obra es el de spoila, una práctica histórica que reutiliza restos arquitectónicos de pueblos vencidos. En el contexto palestino, esta idea adquiere una dimensión distinta: los despojos no son solo ruinas antiguas, sino viviendas recientes, objetos cotidianos y espacios que aún conservan la memoria de quienes los habitaron. La expresión “totalmente amueblado” sintetiza la crudeza de una ocupación que se apropia de lugares vivos.
El trabajo también pone en evidencia cómo el paisaje ha sido transformado por décadas de conflicto, en un ciclo constante de edificación, destrucción y reconstrucción. Incluso disciplinas como la arqueología, tradicionalmente asociadas a la búsqueda del pasado, aparecen atravesadas por intereses políticos que buscan legitimar determinados relatos históricos.
El horizonte, más que un límite visual, funciona como una herramienta para leer la historia, la geología y la relación entre el cuerpo y el territorio. A través de intervenciones pictóricas realizadas con técnicas de restauración en ciudades como Jenin, Jerusalén y Ramallah, el proyecto plantea que el paso del tiempo deje huellas visibles que puedan ser observadas y registradas.
En un contexto de violencia prolongada y ocupación, iniciativas artísticas y de investigación como esta se convierten en testimonios críticos de una realidad compleja. El paisaje, cargado de memoria y conflicto, emerge como un reflejo de la experiencia de un pueblo que continúa resistiendo para preservar su identidad, su historia y su derecho a existir.