Los pueblos originarios resguardan una sabiduría milenaria que coincide, sin importar la región del mundo, en dos principios fundamentales: la defensa del territorio y el respeto profundo por la naturaleza. El pueblo yaqui no es la excepción.
La periodista y fotógrafa Daliri Oropeza Álvarez recurre a la mitología griega para explicar este espíritu de resistencia. Retoma la historia de la caja de Pandora, de donde salieron todos los males, pero también la esperanza. Ella interpreta esta esperanza no como una ilusión pasiva, sino como un antídoto estratégico que permite imaginar y construir “un futuro que no sea catastrófico”.
Esta reflexión forma parte de su libro Yaquis, la resistencia imbatible, presentado en la FIL Guadalajara y que continuará divulgándose en distintos espacios de la ciudad. Oropeza destaca que este tipo de enseñanzas provienen de quienes honran su historia y mantienen viva su herencia.
“La esperanza es una fuerza que impulsa a actuar —expresó—. No nos deja inmóviles, nos mueve. Es una narrativa que orienta los pasos. Sin esperanza, la vida se reduce a supervivencia”.
Para profundizar en ello, la autora retoma al filósofo Byung-Chul Han, quien advierte que la esperanza no debe confundirse con el optimismo vacío. “Si todo es positivo, nada cambia”, dijo Oropeza. Por eso, insiste en que el periodismo debe reconocer las realidades dolorosas del país, pero también las posibilidades de transformarlas.
En su investigación, la periodista sostiene que la visión indígena del tiempo es distinta a la occidental. Para los yaquis, pasado y futuro convergen en el presente y en las acciones que toman por quienes todavía no nacen. “El territorio y el agua también pertenecen a los hijos de sus nietos”, relata.
El agua y el venado: símbolos vitales
Durante la presentación, Oropeza abordó el Plan de Justicia para el Pueblo Yaqui, el cual considera que no ha cumplido su promesa principal: garantizar agua. Este incumplimiento ha generado migración, pérdida de cultura y ruptura en los vínculos comunitarios.
El agua es un símbolo sagrado para los yaquis y un elemento esencial para el venado, figura central de su cosmovisión y sus ceremonias. Sin embargo, la escasez hídrica amenaza tanto su vida cotidiana como sus tradiciones más profundas, incluida la danza del venado, que hoy cuenta con pocos danzantes nativos porque “el venado no tiene agua para beber”.
Oropeza también narra la historia de Camilo Flores Jiménez, un yaqui cuya vida y muerte aparecen en el libro. Él falleció aún esperando el cumplimiento de la promesa gubernamental de garantizar agua al pueblo yaqui, una demanda que se repite desde el gobierno de Lázaro Cárdenas.
Para la periodista, la esperanza yaqui no es resignación. Es una fuerza que se activa en la defensa del territorio, en la lucha por el agua y en la preservación de su cultura. Un antídoto, como en el mito de Pandora, para enfrentar los males que amenazan su existencia.