La Piedra de Tízoc es uno de los grandes testimonios del poder y la cosmovisión mexica; esta escultura monumental de andesita, labrada entre 1481 y 1486 durante el gobierno del tlatoani Tízoc, conserva en sus relieves una parte de la memoria política de Tenochtitlan.
En sus costados aparecen 15 escenas donde un guerrero vencedor somete a distintos personajes relacionados con glifos toponímicos; las imágenes representan a señoríos conquistados y muestran cómo el arte mexica también funcionó como una forma de registrar y exaltar la expansión territorial.
Aunque la figura principal incorpora el glifo asociado con Tízoc, la pieza no representa únicamente las victorias de su gobierno; sus relieves construyen una memoria simbólica sobre el dominio mexica y los territorios incorporados a su esfera de poder.
La parte superior revela otra dimensión de la escultura; en ella aparece el Sol rodeado de elementos relacionados con el autosacrificio, además de una cavidad circular conectada a un canal descendente.
Estos elementos llevaron a identificar la pieza como un cuauhxicalli, un recipiente sagrado utilizado para depositar ofrendas vinculadas con rituales religiosos; así, el monolito reúne en una misma obra elementos políticos, militares y ceremoniales.
La historia moderna de la pieza también resulta fascinante; fue localizada en diciembre de 1791 cerca de la Catedral Metropolitana, en la antigua Plaza Mayor, y posteriormente llamó la atención de exploradores y estudiosos como Guillermo Dupaix y Alexander von Humboldt.
Actualmente, la Piedra de Tízoc forma parte de la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, bajo custodia del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); desde allí, sus relieves permiten acercarse a una época en la que piedra, religión y poder quedaron unidos para contar la historia de un imperio.